Abril…

Posted on 16 agosto 2014 por



Rodolfo Malpica Delgado | A01127846

Este es un fragmento de una novela en la que estoy trabajando. Me siento orgulloso de este trabajo porque es la primera historia larga que logré terminar de principio a fin:

 

Tenía veintiocho años y tocaba en un bar con sus amigos. La trova les recordaba que estaban vivos, no sin antes alejarlos hasta de sus almas.

–No me acuerdo del nombre de la canción, pero es buenísima.

Se sentaban a platicar con cervezas en mano todos los martes después del espectáculo. Daban las dos de la mañana y ellos seguían.

–Estuvo bueno el show –les comentaban.

Eran las palabras que nadie quería escuchar. Terminaba la tocada, se quitaban las guitarras, los bajos, dejaban las batacas, el vocalista agradecía y bajaban del escenario. Se daban la mano, sonreían con complicidad; siempre había un “somos los mejores” en esas sonrisas, pero en realidad ninguno lo creía. Se sentaban alrededor de una mesa con el resto de los amigos que los acompañaban. No eran, ni estaban cerca, de ser intelectuales, porque eran personas vivas. Sentían. Amaban. Lloraban. Sobre todo lloraban.

Siempre la miraba sentada del otro lado de… de la mesa, con la mano izquierda sosteniendo su mano derecha, sirviendo de apoyo para que la palma de ésta le acariciara el rostro, y entonces yo pensaba en Shakespeare, pero no soñaba ser parte de su cuerpo. Pensaba en tocarlo, entero, profundo, sus ojos, besarle los ojos, la mirada, el alma.

No se maquillaba.

Sus pómulos eran rojos, de ese rojo que se roba suspiros: delicado, tan indescriptible por su discreción que sólo quien lo mira puede darse una idea del placer visual que causa. En medio estaba su nariz. Termino medio, digamos. Estilizada. No gozaba de una figura punzocortante, era, más bien, el estuche de una delicada cuna. El tronco de un árbol y a los lados, sentados de espaldas, nosotros con las piernas cruzadas. Subían por ese tronco mis sueños, y antes de llegar a la copa, en medio de sus ojos, esa parte sublime sin nombre, era un lago de luz destellante. Nadábamos en ese lugar cuando la poesía nos buscaba, porque cuando nos buscaba el cielo, nadábamos en sus ojos.

Ese día sus ojos miraban a su derecha. Ese día su derecha era mi izquierda. Sus pupilas cafés, sus esferas blancas, sus mesurados párpados, esas pestañas que sólo hacían magia a juego con el resto de sus ojos. Las pestañas de curva perfecta, de distancia perfecta, bosques encantadoramente planeados. “Te hizo el cielo”, pensaba.

–Es perfecta –dije.

–Pensé que no te gustaba –contestó.

–Tiene un estilo único. No alardea ser la mejor del mundo; sin embargo, lo es.

Escuche el barullo alejándose al tiempo que me iba perdiendo de nuevo en sus formas. Iba besando sus labios, empezando suave, lento. Suave y lento, y mojando su boca con mi boca. Mezclando su saliva con mi saliva. Metiéndome en su cuerpo y ella en el mío. Añorando tenerla, y su mirada. Oler su cabello. Tocar sus manos. Envolver su cintura. Impacientarme al llegar a su cadera. Respirar sus suspiros. Inhalarle la vida.

–Quítamela –decía.

Y uno de los dos lo hizo.

El cielo subía, o nosotros bajábamos.

Sus gemidos eran el canto de los ángeles.

Se hizo la luz.

La veía desde lejos. Estiraba mi mano para alcanzarla y no podía, pero ahí estaba. Lloraba; ella también, y me volvía a besar.

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