Cómo Facebook atrofia la interacción virtual

Posted on 19 septiembre 2013 por



Foto de Luong Thai Lin/epa/Corbis

Foto de Luong Thai Lin/epa/Corbis

Se ha especulado bastante sobre la forma en que Facebook pervierte nuestras relaciones sociales, pero hasta ahora tenemos prueba. Un texto de la psicóloga Maria Konnikova condensa una serie de estudios recientes que afirman lo temido: Facebook nos hace infelices.

De alguna manera, la nueva intensidad y rapidez con la que se crean lazos sociales se alejó del ideal que se tenía hace décadas sobre las posibilidades infinitas del Internet: la capacidad de crear lazos con desconocidos, de concebir estructuras horizontales para tomar decisiones, etc.

Esto no quiere decir que no existan casos de democracia horizontal o de relaciones felices creadas virtualmente. Sin embargo, llama la atención que el sitio más visitado del mundo contribuya a todo lo contrario.  Después de todo, quienes confiaban en la virtud de Internet confiaban también en la comunión entre anónimos, mientras Facebook privilegia las relaciones con conocidos.  ¿Será que para corregir a Sartre hay que agregar que el infierno son los otros, pero sólo los que conocemos?

En el texto referido, Konnikova describe los claroscuros de la red social. La interacción constante (poner un like, escribir un post gracioso, pegar un link en el muro de alguien) es lo que nos mantiene alerta de los comentarios y opiniones. Lo que nos deja, hasta donde es posible, felices.

El problema viene cuando nuestra única interacción con el sitio y con nuestros contactos es pasar los dedos o el mouse por el interminable newsfeed: fotos de amigos divirtiéndose en la playa, actualizaciones de estado, “Juana está en una relación”, etcétera. De acuerdo con un estudio de las universidades de Berlin y Darmstadt, cuando la participación es pasiva la alegría se transforma en envidia.

Lo peor: Facebook no va a irse pronto. Según Konnikova, incluso los adolescentes a los que no les gusta Facebook se mantienen conectados a la red para no sufrir repercusiones sociales. Esta visión apocalíptica, la de los grilletes voluntarios, contrasta mucho con el optimismo inicial de algunos teóricos como Howard Rheingold en The Virtual Community (1992).

Para Rheingold, las comunidades en red permitían habitar un mundo alterno, sin las leyes físicas que limitan el número de personas con las cuáles convivir y que confinan a grupos de personas por actividades comunes, residencia, trabajo, escuela, etc. Al romper las barreras físicas de los espacios sociales, Internet permite interactuar con personas de las que sólo conocemos su voz a través del teclado.

La interacción con desconocidos es donde Castells, en Internet y la sociedad red, ve la capacidad transformadora de Internet: soltar una idea al mundo y esperar a que alguien más la retome, la comparta y se apropie de ella. Con la coordinación de esos desconocidos que comparten un objetivo, Internet tiene la posibilidad, según Castells, de crear nuevos modelos sociales, empezando por estrechar las relaciones sociales. Facebook está logrando todo lo contrario.

En el cortometraje “Noah” , recientemente presentado en el Toronto Film Festival de 2013, un hombre vigila la actividad de su novia en una computadora. Mientras lo hace, salta entre pornografía, Skype y su cuenta en Facebook. El espectador sólo mira el monitor del personaje, y a partir de sus movimientos construye la historia. Cuando el personaje descubre que sus sospechas de infidelidad son ciertas (entrando a la cuenta de Facebook de su novia), ésta lo bloquea y él se refugia con un extraño en un servicio llamado Chatroulette. Ahí desnuda sus obsesiones y compulsiones producto de Facebook.

La tesis (y las experiencias personales) de los creadores, Patrick Cederberg y Walter Woodman, apuntan a que  la red social no sólo hace infelices a sus usuarios personalmente: destruye sus relaciones privadas.

Cuando Mark Zuckerberg creó Facebook su objetivo era justo lo contrario. La idea original detrás del sitio, según la entrevista que dio a Time cuando fue elegido persona del año, es una modificación social de raíz, la cuál incluye la disminución de la privacidad y la socialización de mensajes y contenido.

En lugar de ser invadidos por la publicidad y tomar decisiones basadas en ella, socializar los productos y preferencias (“mira qué zapatos me compré”, “me encantó esta película”, “odio a ese candidato”) lograría que los usuarios eligieran dependiendo de las opiniones de sus amigos y contactos y no de las presiones externas publicitarias y de propaganda. Pero la capitalización del sitio y la llegada de publicidad a la red social parece desafiar la utopía del joven empresario.

La idea de las decisiones colectivas no es exclusiva de Zuckerberg. En 2006, el sociólogo Pierre Lévy imaginó en su libro Inteligencia colectiva una forma de democracia directa en la que se concilien los puntos de vista de una comunidad de manera inmediata, incluyendo la participación, opiniones y soluciones de todos los ciudadanos y no sólo de los representantes elegidos.

Democracia en tiempo real” fue el nombre que Lévy le dio al recurso definitivo de la democracia, según lo imaginaba.

Lévy, Rheingold y Castells coincidían en el optimismo de su diagnóstico: Internet es una herramienta capaz de estrechar las relaciones sociales al grado de crear un orden social nuevo. Sin embargo, la red social más popular del mundo parece erosionar la cohesión que los intelectuales buscaban.

Aunque resulta útil para comunicarnos con gente de nuestro entorno inmediato, parece ser que Facebook es más una carga e imposición social que una ayuda. Tampoco es terrible; después de todo, los estudios citados por Konnikova reconocen la manera en que la red social nos entrega satisfacciones sencillas cuando más urgen.

Sin embargo, sus efectos colaterales están lejos de ayudar a conformar la sociedad idílica que imaginaban Lévy y Rheingold: en lugar de romper con las ataduras de la imagen física y la invisible jerarquía del prestigio social, Facebook  ha ayudado a asentarlas.

Si el secreto para la interacción benéfica y “saludable” en Internet se encuentra en conectarse con desconocidos, quizá Rheingold, hace 21 años, entendió mejor el internet que el creador de Facebook.

Referencias:

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